Las personas deciden someterse a una intervención de cirugía estética cuando identifican en su aspecto un problema o alguna imperfección que desean corregir, ya que les supone un freno en su vida diaria y en sus relaciones sociales. La misión del cirujano es “cambiar” el exterior para ponerlo en armonía con el interior. Cuando las personas consiguen esa armonía interior/exterior son capaces de dar lo mejor de sí mismas, ganan en confianza, mejoran su humor y obtienen una mayor sensación de bienestar.

La belleza siempre será algo más profundo que la piel, la felicidad no puede estar condicionada únicamente por un aspecto físico, pero no es menos cierto que esa delgada capa de piel es enormemente importante en casi todas nuestras interacciones sociales. La importancia que se le da en nuestra sociedad al aspecto físico, a la belleza, es algo que sentimos desde que somos jóvenes.

El deseo por ser bello, por mejorar el aspecto físico, es algo tan antiguo como la especie humana. La cirugía estética es una de las variantes más antiguas de la medicina. Desde sus orígenes, el hombre ha perseguido la “fuente de la eterna juventud”, y ha tratado de revertir los irremediables efectos del envejecimiento. Por poner algún ejemplo: Cleopatra, Napoleón y Popea Sabina, la mujer del emperador romano Nerón, se daban baños con leche de burra para alisar sus pieles con ácido láctico y disminuir los poros. El papiro Ebers, fechado hacia el 2000 a.C, describe una multitud de técnicas de belleza para la piel realizadas por los antiguos egipcios: técnicas de dermoabrasión para alisar arrugas y cicatrices, métodos para tratar heridas con especial atención a los resultados estéticos…

Gaspar Tagliacozzi, cirujano y profesor de la Universidad de Bolonia, famoso por escribir sobre la relación entre cirugía estética y psicología, afirmó en 1597 que “los cirujanos restauramos, reparamos e integramos distintas partes del cuerpo, no tanto para que deleiten el ojo, sino para que puedan levantar el espíritu del afligido”. Para el cirujano alemán Gustav Aufricht “la justificación de toda operación es el bien del paciente”.

La misión del cirujano es evaluar los deseos del paciente para saber guiarle hacia la mejor opción, teniendo en cuenta la idealización que puede estar haciendo del resultado final. El éxito de la intervención se basa, en muchas ocasiones, en la habilidad del cirujano a la hora de determinar si las necesidades y esperanzas del paciente son compatibles con los resultados que puede ofrecer el procedimiento quirúrgico.

El propósito de una intervención estética no es alcanzar la eterna juventud, ni conseguir resultados milagrosos. La cirugía es un medio que puede ayudar al paciente a encontrar su propio yo y a superar un problema físico que le incapacita.